
Empezamos el día recorriendo las calles del pueblo, ¡que es más bonito que un filtro de Instagram! Hicimos una parada técnica en un parque increíble para estirar las piernas antes del momento más esperado: el súper helado.
Con el azúcar por las nubes, paseamos entre las antiguas casas de pescadores (puro encanto) hasta llegar a la playa. Allí hubo división de opiniones:
El Team Valiente: Los que se atrevieron a meterse al agua sin miedo al frío.
El Team Vóley: Los que prefirieron la arena y los remates imposibles.
Después de recargar pilas en la colonia, nos pusimos rumbo a Pasajes San Juan para visitar el astillero museo Albaola. ¡Menuda pasada!
Vimos en directo la construcción del San Juan, una réplica exacta de un ballenero del siglo XVI que acabó sus días en Terranova. No contentos con eso, también aprendimos todo sobre un nuevo proyecto: la restauración de un atunero. Nos explicaron cómo se pescaba antes el atún (sin tecnología, ¡a pura técnica!) y nos sentimos como auténticos lobos de mar por un rato.
Al volver a la colonia, la calma duró poco. Nos pusimos de punta en blanco (hubo quien gastó medio bote de gomina, no daremos nombres) y nos preparamos para la gran fiesta nocturna. Música, risas y unos bailes que nos dejaron las zapatillas echando humo. ¡Fue el broche de oro perfecto!
Hoy toca la parte difícil: hacer la maleta y despedirse. Volvemos a casa cansados pero con la mochila llena de recuerdos, risas y alguna que otra mancha de helado. ¡Qué ganas tenemos de ver nuestras camas, pero qué poco queremos que se acabe esta aventura inolvidable!